La historia de cuando Paola le dijo ‘sí’ a Australia

Por Brigitte Trujillo

Paola Ospina siempre soñó con viajar al exterior. Lo supo desde muy joven cuando apenas terminaba el bachillerato o la secundaria. Sin embargo, en ese entonces, aunque tenía todas las ganas y la energía para irse a explorar el mundo, la falta de dinero fue una de las barreras que puso en pausa sus planes. 

Primero, quiso estudiar mercadeo y publicidad en Argentina, pero, por cosas de la vida, en ese momento no había suficientes recursos económicos para costear ese proyecto. Entonces, terminó haciendo su carrera en Colombia, su país natal. 

Luego, se le ocurrió irse como Au Pair (niñera) a Estados Unidos, pero nuevamente las cosas no salieron. Posteriormente, consideró la posibilidad de estudiar en España, pero al final eso tampoco sucedió. Después, aplicó a la visa americana, y como si la vida le estuviera jugando una broma, ese sueño también lo tuvo que posponer. 

Para Paola todos esos “no” parecían una razón suficiente para definitivamente descartar la idea de irse al extranjero, y en cambio seguir viviendo en su país. 

No obstante, un día, una de sus tías le hizo una pregunta que a Paola le quedó sonando: ‘¿por qué no intenta en Australia?’ 

“En un principio, Australia me llamaba la atención y en algún momento lo contemplé, pero apenas vi los precios, yo dije: ‘no, eso no, se me sale totalmente de mi presupuesto, yo no puedo aspirar a algo tan alto económicamente’”, recuerda Paola. 

Aun así, su tía le insistió que no lo dejara de lado y hasta se ofreció a acompañarla a investigar sobre el país oceánico. Incluso, su mejor amiga, Nathalia Niño, también la animó para que se fueran juntas a Australia, y aunque tanto su tía como su amiga trataron de convencerla, Paola optó por aplazar ese plan, y mientras tanto, su amiga se le adelantó y viajó a Melbourne. 

De todas formas, Paola no tenía afán, pensó que quizá no era el momento de irse al exterior. Además, a pesar de que no ejercía su carrera, estaba a gusto en su trabajo en el área de operaciones de una compañía que ofrecía servicios de salud. Allí empezó muy joven, y con el paso del tiempo fue escalando, y a la vez aprendiendo. “Yo siento que en esa empresa yo fui como un diamante en bruto que fueron puliendo y al que le fueron sacando habilidades que yo misma ni sabía que tenía”, confiesa.

Si bien, Paola estaba feliz en su trabajo, en el fondo su sueño de viajar al extranjero seguía intacto. Por esta razón, un día decidió retomar su investigación sobre Australia e inició los trámites con una agencia de estudiantes. 

El primer paso fue elegir dónde quería vivir, y dentro de sus opciones estaba Brisbane, pues le llamaba la atención el clima y se imaginaba que allí estaría más tranquila y relajada. Sin embargo, la persona que la asesoró en esa agencia le propuso que se fuera para Sydney con el argumento de que tendría más oportunidades de trabajo en esa ciudad. Mientras tanto, Melbourne también era otra alternativa, pero Paola la rechazó en seguida por la mala fama de su clima. De hecho, su amiga Nathalia le insistió que se fuera para allá, pero Paola al final se decidió por Sydney.

Además, en Sydney tendría una ventaja y es que la podría recibir una amiga de su tía que vivía en esa ciudad.

Por otro lado, después de escoger el colegio donde decidió estudiar inglés, Paola debía pagar el curso. No obstante, no contaba con el dinero. “Yo empecé con una mano adelante y la otra atrás. Cuando comenzó todo, yo estaba reportada en Datacrédito (plataforma donde está registrado el historial crediticio de una persona), entonces yo sabía que no me iban a dar el crédito de estudio, de todas formas, me presenté y me arriesgué, pero efectivamente, no me lo dieron”, cuenta Paola.

Debido a eso, Paola acudió a la ayuda de uno de sus tíos para que aplicara a un crédito que le permitiera pagar su curso de inglés. Para su sorpresa, rápidamente el préstamo fue aprobado. En ese momento Paola se dio cuenta de que sus planes de viajar a Australia estaban cada vez más cerca.

Más tarde llegó el momento de demostrar el dinero que es requerido por el Departamento de Inmigración australiano para probar que el postulante a la visa de estudiante cuenta con los recursos suficientes para sostenerse económicamente durante su estadía en Australia. Sin embargo, en esta etapa, relata Paola, esto se convirtió en otra traba durante su proceso, pues en ese entonces no contaba con un solo peso en el bolsillo. Por suerte, su mamá la pudo respaldar justo con el dinero de un apartamento que había acabado de vender.

“Mi mamá fue la que me salvó en ese momento porque yo iba por la vida así, sin planear, y pensaba: ‘pues si se da bien, y sino también’. O sea, me daba cosquillitas el tema de Australia, pero a la vez estaba desinteresada de pronto porque antes había recibido muchos ‘no’”, reconoce.

Una vez resuelto el requisito de la solvencia económica, a Paola le faltaba dar uno de los pasos más significativos de este proceso: aplicar a la visa. “Una vez lo hice, ya lo que quedó fue soltar y confiar. Si realmente me decían que no, podía decir que lo había intentado. Y a la vez, no me quedaba con ese ‘qué hubiera pasado si…’”, añade.

Mientras esperaba respuesta, Paola continuaba trabajando y a la par, antes de recibir noticias sobre la aplicación de su visa, su jefe le propuso un ascenso en la empresa. Paola no lo podía creer y a la vez no sabía qué hacer pues debía darle una respuesta ese mismo día. En medio del dilema de elegir entre su sueño de viajar a Australia y tener una mejor posición laboral, Paola llamó a su tía para que la aconsejara. Entre las dos exploraron las opciones y al final tomó una decisión. 

“Me arriesgué y le dije que no a ese ascenso. A lo que mi jefe me respondió: ‘pero no te han dado la visa’. Y yo le dije: ‘no me importa, acá siempre salen convocatorias, esta empresa es muy grande y de seguro en el futuro podré aplicar a otra’. Yo estaba segura de que más adelante podía escalar si no me salía lo de Australia”, afirma.

Después de recibir infinidad de “noes” a su sueño de irse del país, Paola se dio el lujo de decirle que “no” a ese ascenso que tanto tardó y de paso se la jugó por Australia aun sin haber recibido una respuesta positiva a su solicitud. 

20 días después, en uno de esos días donde el volumen de trabajo no da espera y el estrés es inevitable, Paola recibió una llamada que transformó todo en ese momento. En medio de tanto caos y preocupada por la entrega de un informe, el celular de Paola no dejaba de sonar. Era alguien de la agencia de estudiantes. Paola no quería contestar, estaba muy ocupada. 

Sin embargo, esta persona insistió, y pensando que se podía tratar de algo urgente, esta vez Paola decidió tomar la llamada. “La verdad le contesté de mala gana. Estaba muy estresada y solo quería saber qué quería. A lo que el agente me responde: ‘te tengo noticias’. En seguida pensé: ‘no, debe ser que me negaron la visa’”, cuenta.

Rápidamente, Paola resolvió la duda en su cabeza. ‘Te aprobaron la visa’, le dijo el agente. “En ese momento yo estaba sentada en la silla de mi escritorio y cuando me dio esa noticia, yo salí como un volador sin palo por una esquina y le dije: ‘¿es en serio?’. Mira, eso fue como si hubiera recibido mi primer regalo de navidad. Al final le di las gracias, colgué, y salté de la emoción. Y justo una compañera iba pasando y la abracé y le dije: ‘¡me la dieron!’ Y ella ni sabía de qué le hablaba. Luego llamé a mi mamá y le di la noticia. Y ahí empezó todo”, recuerda.

Más adelante, Paola tuvo que renunciar a su trabajo, tal vez una de las cosas más difíciles de este proceso. “Yo lloré entregando esa carta de renuncia porque, aunque en el fondo sabía que me quería ir para Australia, también sabía que había hecho las cosas bien en esa empresa, aprendía algo todos los días y estaba muy agradecida de haber podido trabajar allá. Tenía sentimientos encontrados. Además, por un lado, iba a empezar una nueva vida, pero por el otro era desprenderme de mi familia laboral, por decirlo así”.

Posteriormente, luego de despedirse de su familia y sus compañeros de trabajo, Paola aterrizó en Sydney en septiembre de 2019. A su llegada, Paola se dio cuenta que eso que veía tan imposible, después de todo pudo hacerlo. A parte, luego de recibir tantas respuestas negativas, sus expectativas eran mínimas, y que Australia le hubiera dicho que “sí” significaba haber hecho un sueño realidad.

“Yo me di cuenta que estaba en Australia, no cuando me bajé del avión sino cuando me paré en frente de la Opera House en Sydney. Ahí fue donde yo dije literal: ‘¡lo logré!’. Y lloré de la felicidad. Ahí le di las gracias a Dios porque después de tanto tocar puertas, nada resultó y por algo sería, pero finalmente me di esa oportunidad y cumplí un sueño”, narra orgullosa.

“Yo me di cuenta que estaba en Australia, no cuando me bajé del avión sino cuando me paré en frente de la Opera House en Sydney. Ahí fue donde yo dije literal: ‘¡lo logré!’. Y lloré de la felicidad. Ahí le di las gracias a Dios porque después de tanto tocar puertas, nada resultó y por algo sería, pero finalmente me di esa oportunidad y cumplí un sueño”, narra orgullosa.

En Sydney, Paola conoció a la amiga de su tía y se quedó en su casa por un par de días. Más tarde, buscando su espacio y comodidad, Paola se mudó a un apartamento que compartía con otras seis personas. Igualmente, encontró un trabajo, pero al poco tiempo lo perdió. A pesar de eso, Paola siguió buscando sin mayor éxito. Sumado a lo anterior, con el paso del tiempo, se fue quedando sin ingresos y en ocasiones tuvo que acudir a un amigo para que le prestara dinero. 

Paola la estaba pasando mal. Eran tiempo difíciles. La falta de trabajo impedía que asumiera todos sus gastos. “Mi situación llegó al punto de que o pagaba renta, pagaba transporte o pagaba la comida, pero las tres cosas no las podía cubrir”, admite.

En medio de ese escenario, Paola no tenía otra opción que elegir y limitar sus gastos mientras se recuperaba. Por suerte, el dueño del apartamento, quien hoy es su amigo, comprendió su situación y la ayudó. “A mí no me importaba si solo me alcanzaba para comer arroz y huevo, con tal de asegurar el lugar donde vivía. Y eso se lo aprendí a mi mamá y a mi abuelito. Ellos me decían: ‘plata o comida usted verá dónde se la rebusca, pero una vivienda no’. Es más, hasta el dinero del transporte lo tenía calculado. Entonces ya ni salía porque podía tener para el pasaje de ida, pero no para el de vuelta”.

Durante esta crisis, el apoyo de su mamá, tías y madrina fueron vitales. Todas sabían lo que pasaba con Paola y como pudieron, la ayudaron. De hecho, cuando se acercaban las fiestas de diciembre, reunieron dinero para que Paola saliera y no se quedara encerrada en la navidad y el año nuevo por falta de efectivo. 

Especialmente, en esos tiempos, Paola encontró en su mamá un respaldo que hoy recuerda con gratitud. “Mi mamá nunca me presionó ni me reprochó nada, al contrario, me impulsaba para seguir adelante. También me decía que, si me devolvía a Colombia, también me apoyaría. Igual, lo que más le importaba era mi bienestar. Ella siempre fue ese polo a tierra. Con ella siempre lloraba y yo creo que después de colgar una llamada, ella terminaba llorando”.

Pese al sostén de su familia y sus amigos cercanos, Paola se sentía muy sola y se estaba deprimiendo. Le frustraba el hecho de que pasaran los días sin tener trabajo, y no tener con qué pagar las cuentas. A parte, uno de sus objetivos era ayudar a su familia en Colombia, pero a causa de su situación eso era algo que aún no podía hacer. Por otro lado, Paola también se enfrentaba no solo a ser independiente, sino también a un nuevo idioma, a un nuevo país, y a una nueva cultura. Todo al mismo tiempo. Incluso, cayó en la trampa de la comparación, y la abrumaba ver que las personas que habían llegado a Australia al tiempo que ella, ya tenían trabajo y ahorros para extender su visa. 

“Yo salía a la calle y todo estaba divinamente, pero llegaba a mi casa y me ponía a llorar sin parar. Era inconsolable, lloraba por todo, y por nada. No me hallaba”, agrega.

Inclusive, Paola contempló devolverse para Colombia, pero las deudas que dejó hicieron que pensara mejor las cosas. En cambio, empezó a considerar la idea de mudarse a Melbourne, tal y como su amiga Nathalia se lo había estado sugiriendo. Aunque al comienzo Paola estuvo un poco escéptica pues no creía que podría volver a empezar, vivir en una nueva ciudad y buscar trabajo.

Sin embargo, con el paso de los días, Paola trató de ver las cosas desde otra perspectiva. Si bien no compartía con otras personas cómo se sentía, a veces por temor a ser juzgada, empezó a escribir y descargar sus emociones, una auto terapia que, dice, le ayudó a ir sanando.  

Precisamente, un día ese dolor y desesperación llevaron a Paola y a su fe a hablarle a Dios, y pedirle que le diera las fuerzas para continuar. “Luego me limpié las lágrimas, me apliqué cremita y pa’ adelante. Después, ese mismo día, decidí comprar el pasaje para mudarme a Melbourne y dije: ‘así como di un salto al vacío para llegar a un país donde no conozco a nadie, y empecé de cero una vez, ¿quién me va a impedir que lo haga dos veces? Ya sé más o menos cómo es la movida. Ya el tema es arrancar, y así como empaqué mi maleta para viajar a Australia, haré lo mismo para irme a Melbourne’”, cuenta.

Dicen que lo que hacemos es lo que cuenta y no lo que intentamos hacer, pues eso hizo Paola, dejó Sydney, se fue con su resiliencia a bordo y con un claro objetivo: conseguir trabajo en menos de dos semanas, algo tan ambicioso como sus sueños, pero no imposible.

Entonces, luego de viajar unas 14 horas en tren, llegó a Melbourne en enero del 2020. En la estación la esperaba su amiga Nathalia, a quien abrazó sin querer soltar de la felicidad que le producía verla. 

Tras su llegada, las dos amigas se pusieron al día sobre sus vidas, y luego, Nathalia llevó a Paola al que sería su nuevo hogar por unos días. Como llevaba compartiendo habitación con otras tres mujeres mientras vivió en Sydney, Paola ya quería tener su propio espacio, y buscando un precio que se ajustara a su presupuesto, encontró el lugar perfecto. 

No obstante, este sitio quedaba a unos 25 kilómetros del centro de Melbourne, lo que hacía que Paola tuviera que viajar mucho tiempo en transporte público. Sin embargo, esto no fue impedimento para que desde el día uno Paola comenzara a buscar trabajo tanto en el barrio donde vivía como en la ciudad. Además, tenía planeado extender su visa que se vencía en marzo de ese mismo año.

Aun así, esta tarea no fue fácil. La esperada llamada para una entrevista de trabajo no llegaba, y las dos semanas de plazo que Paola se puso estaban a punto de vencerse. 

Paola cuenta que, en una de esas, su amiga Nathalia, quien trabaja como Au Pair, le propuso que considerara esa opción, pero Paola lo dudó pues nunca había cuidado niños, a excepción de sus primos, y a parte su nivel de inglés de ese entonces lo veía como un obstáculo. No sabía cómo se comunicaría si de repente vivía con una familia australiana. 

Igual, Paola se dio un chance, y un día en medio de su búsqueda en un grupo de Facebook donde diferentes familias hacen ofertas laborales para Au Pairs, Paola vio una publicación de una familia que necesitaba a alguien que ayudara con los quehaceres del hogar, y a cambio ellos le ofrecían vivienda y comida.

En seguida, aplicó a la oferta, y luego la entrevistaron. Después de eso, solo le quedaba esperar a que la familia decidiera. Sin embargo, llegó el día en que debían darle una respuesta, pero no la contactaban. Paola estaba muy angustiada y estresada porque no tenía dinero para pagar la siguiente semana de arriendo.

Por ende, al no recibir respuesta, le escribió a la señora que la entrevistó, preguntándole si el esposo y ella habían decido algo. “Al rato, me llegó su respuesta, y el mensaje decía: ‘sí, ya hablé con mi esposo y te puedes mudar el domingo’. Cuando yo vi eso, brinqué de la emoción. Creo que me emocioné más con eso que cuándo me dieron la visa, tanto que lloré ese día”, relata feliz. 

De lo que pasó en Sydney no quedó rastro luego de que Paola lograra lo que se propuso desde el día uno. En dos semanas consiguió no solo un lugar donde vivir, sino una oportunidad para ahorrar en sus gastos básicos. “Fue lo mejor que me pudo haber pasado en todo el sentido de la palabra. Primero, porque no me siento sola. Segundo, ya tengo cerca a alguien que conozco. Tercero, digamos que la carga económica se alivia un poco, pues aquí no pago renta ni comida. Y cuarto, desde que vivo con ellos mi nivel de inglés ha mejorado mucho. Todo eso es muy positivo. Hoy estoy muy feliz con ellos”, expresa.

A la par, Paola había encontrado un trabajo para limpiar en casas de personas con discapacidad. De hecho, en ese tiempo, ya habían declarado la pandemia del COVID-19. A pesar de eso, Paola pudo seguir trabajando, pero un día, mientras limpiaba en uno de los lugares que le habían asignado, de repente fue obligada a irse. Paola no entendía nada. 

Luego habló con su jefe, y le pidió explicaciones. Resulta que unos días antes Paola había estado limpiando en otra casa donde vivía una niña con autismo, y su profesora, que iba con frecuencia a hacerle terapias, se había infectado de COVID-19. En consecuencia, era urgente que Paola se hiciera el test para detectar si ella también se había contagiado.

“En ese momento a mí se me vino todo a la cabeza. Me alcancé a imaginar que me iba a quedar sin dónde vivir porque la familia donde estaba había acabado de tener un bebé y si yo estaba infectada ponía a todos en riesgo. Me estresé mucho porque justo estaba pasando esto cuando yo venía feliz viviendo con esta familia. Luego llamé a la señora de la casa, le conté todo, y ella, por fortuna, me tranquilizó y me recordó que contaba con ellos, y que no estaba sola”.

Finalmente, Paola se hizo la prueba. Llegó a la casa y se encerró. Por otro lado, a pesar de que la familia la apoyaba, estaba muy angustiada. Ella solo quería que la prueba saliera negativa. Por suerte, a las pocas horas recibió el resultado que esperaba, no tenía COVID-19.

A causa de lo que había sucedido y teniendo en cuenta que en esa época los casos de COVID-19 seguían aumentando en Melbourne, la familia le pidió a Paola que por el bienestar de todos era mejor que ella se quedara en casa. Paralelamente, para que no dejara de trabajar, le propusieron que se hiciera a cargo de la limpieza de la casa y a cambio ella recibiría un sueldo. 

Esto, desde luego, le ayudó a ahorrar parte del dinero que necesitaba para extender su visa. Mientras tanto, la otra parte del dinero se la prestó su mamá y así logró ampliar su tiempo de estadía en Australia. 

Hoy, Paola está muy feliz. También está estudiando un curso de pastelería, un tema que siempre le ha gustado y que a nivel profesional le llama mucho la atención. 

Por ahora y luego de haber cumplido un año en Australia, prefiere no hacer planes, piensa que nada está escrito, pero en un futuro le gustaría quedarse en este país. 

“A este país, la verdad, le debo, no sé si todo, pero digamos que sí gran parte de mi felicidad hoy en día. En mi lado personal me ha aportado muchísimo. Por ejemplo, yo me consideraba una persona de carácter, pero siento que aquí lo he formado. Si antes dudaba para decir no, aquí aprendí a decir sí y aprendí a decir no”, dice.

Igualmente, a pesar de la difícil experiencia que vivió en Sydney, Paola recuerda esa ciudad con cariño y gratitud. “Aún tengo presente cuando vi el show de juegos pirotécnicos en la Opera House, eso fue en la celebración de año nuevo del 2020. O sea, pasar de ver el super show, así de microsegundos por televisión a verlo en vivo y en directo, no sé si suene un poco exagerada, pero para mí fue sublime. Me acuerdo que cuando estaba en Colombia, esperaba el noticiero del mediodía solo para ver las imágenes de cómo se recibía el año nuevo alrededor del mundo, incluido en Australia. Entonces creo que a pesar de que tuve una mala experiencia en Sydney, en el fondo le tengo agradecimiento y cariño a esa ciudad”, puntualiza.

A parte, Sydney le dejó a Paola tres grandes amigos que la apoyaron en los momentos difíciles. Asimismo, en esa ciudad Paola aprendió a conocerse más y descubrió que a veces los planes y las ilusiones con las que viajamos pueden dar muchas vueltas. 

“Otra cosa que me enseñó Sydney es que hay que creerse las cosas que le suceden a uno. Las cosas no llegan de la nada, se trabajan, no llegan en una caja de cereal. La vida luego le retribuye a uno tanto esfuerzo, y yo creo que, en mi caso, fue estar aquí con esta familia”, afirma.

Finalmente, Paola invita a que todo aquel que busque un sueño, lo persiga, y se dé el chance de hacerlo realidad. Por eso, cerramos su historia con este consejo:

“El miedo le puede más a uno, pero ese miedo no es nada comparado a la experiencia que uno vive acá. Entonces, no sé si la manera correcta de decirlo es que se arriesguen, pero sí quiero invitarlos a que se den la oportunidad. No se queden con el ‘qué hubiera pasado si’. Mejor quédense con el ‘lo hice y me pasó esto’. Tampoco se nieguen la oportunidad de conocerse y descubrir realmente quiénes son porque a lo mejor ustedes no tienen ni idea de lo que son hasta que les cambia el rumbo de la vida”.

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